Anoche

Anoche

La cosa fue así. Voy a contar desde el principio. A  mí me resulta un poco interesante estar disfónica. Eso de que te salga la voz algo áspera, como cortada, me parece elegante. Tal vez lo asocie con Graciela Borges. No sé. Creo que mamá alguna vez me comentó algo similar. Supongo que también es una forma de llamar la atención, que te presten atención. Y pasa que anoche tenía un resfrío soberano. Por eso, a la madrugada, un desvelo total. La nariz tapada y la voz ya venía afectada desde la tarde. Entonces me puse a pensar en las actividades diurnas, y si iba a poder hablar. Así, en la oscuridad del dormitorio, para ver cómo me salía dije «¿Cómo se escucha mi voz?», (sonó realmente áspera). Al instante alguien respondió «Cascada». Salté como un resorte de la cama, prendí la luz temblando, y nada. Incomprensible. Solo el gato, como siempre enrolladito sobre el acolchado. Él, evidentemente, no había sido (en realidad, creo que hasta ahora nunca me habló). Pensé «Fue mi imaginación». Pero se ve que no estaba del todo convencida. Porque al rato repetí la misma pregunta y se oyó «Como la mierda»(sic). Totalmente descolocada, volví a prender la luz y en una mezcla de terror, desasosiego e impotencia llegué a la conclusión de que allí no había nadie. Apagué el velador, esperé y unos minutos  después me animé a preguntar «¿Quién está aquí?». Y me respondió un «yo» suavecito, casi tímido. Y se acabó la conversación. Entonces pensé que estaría debajo de la cama. Agarrada del acolchado y sin bajarme, la cabeza colgando, miré y nada. Absolutamente nada. Así que decidí llamarlo a Seba, que siempre está dispuesto a resolver mis mortificaciones nocturnas. «Mamá, ¡son las cuatro de la mañana!». «Sí, sí, es que…no sé, yo hablo y me contesta alguien», e inmediatamente me acordé  del episodio del gato (que yo veía asomarse tras la puerta del garaje, y cuando iba a buscarlo no estaba, yo me creía que estaba loca, hasta que después apareció dentro del motor del auto). «¿Qué hablás? ¿sola?». «Bueno, sí…». «¡Mamá!». Consciente de su exasperación, me despedí y colgué. Me acosté, traté de relajarme y seguro me dormí. Porque cuando entró la enfermera, todo parecía normal y las voces nocturnas ya no me molestaban. Solo me incomodaba la congestión. Es que aquí, en el psiquiátrico, para el resfrío no te dan nada. Ni una aspirina. Ah, y además esta tarde se llevaron mi  teléfono.


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